
Por primera vez desde que vuelo a Japón, no me tocaba sentarme al lado de un hombre mayor que no me dice nada, ni me mira y se pasa el viaje pidiéndome paso para ir al aseo o durmiendo. Por primera vez estaba al lado de un chaval de apenas veinte años con el que quizá podía compartir algunas palabras u opiniones. La madre, sentada al otro lado del pasillo le felicitó por estar sentado al lado de alguien con quien supuestamente podía hablar. Él, se giró y me dijo algo en inglés que no pude entender. “Sorry?“. Lo repitió hasta tres veces, pero yo muy posiblemente no tenia el oído muy fino. Le dijo en japonés a su madre que no sabía de dónde era yo, pero que no hablaba inglés.
Al poco de ponerse en marcha el avión, mientras ojeaba las revistillas y folletos poco inetersantes, mientras, como siempre, miraba y remiraba el folleto de qué hacer en caso de emergencia pensado “un día tengo que rediseñar esta mierda y ofrecérselo a alguna compañía aérea“, me giré y le dije en japonés “perdona, ¿sabes qué nos van a poner de comer?“. Él me dijo que no y yo le respondí que tenía hambre (para variar). Me preguntó de dónde era y le dije que de España. Me dijo que mi japonés era muy bueno y yo le contesté que bastante peor que su inglés. “Bueno, aprender inglés ha sido difícil” respondió. “Aprender japonés no está siendo fácil… por ahora” repliqué. Hablamos sobre España, Japón, el fútbol, el sumo, la tortilla de patatas, el yaki maguro no kama, las mujeres españolas, las japonesas,..

Le pedí un bolígrafo a una de las azafatas (evidentemente a una de las guapas, que esta vez las había) para rellenar el papelito de marras que enseñar en la aduana y cuando me lo trajo miró mi pasaporte que estaba en lo que hace funciones de mesa abatible. “España, ¿eres de España?“. Le dije que sí y le puse mi mejor cara de seductor como el que quiere tener una experiencia aérea a lo Emanuelle.
Cuando el trasto tocó suelo me despedí de mi amigo veinteañero, recogí mi mochila Delsei del compartimento superior, mi sudadera nueva, mi chaqueta y corrí el pasillo hasta la salida. Me despedí de las azafatas. Azafatas. ¿Quién fantasea con una colegiala teniendo una azafata cerca?.
Realmente sentía que había vuelto al orden, a una país que no es mi casa y posiblemente no lo sea nunca, pero en el que me siento muy a gusto. Ya tendré tiempo de hablar pestes de Japón, no por ahora. Recorrí el camino hasta las cintas de recogida de equipaje. Relajado, tranquilo como el que se pasea desnudo por su propia casa. Encendí el iPhone y le di la bienvenida de nuevo a internet en el móvil (casi) donde quiera y (casi) cuando quiera. Mandé un par de mensajes a Moon que me tenía un poco olvidado. A Flapy, para ponernos al día con Japoneando. Por el rabillo del ojo vi por primera vez en Narita vigilantes paseando perros en busca de drogas… “Eso lo tengo que probar yo fijo” pensé. Mientras un grupo considerable de personas esperábamos nuestras maletas una chica se fue paseando con un pastor alemán. Cogí mi maleta de la cinta, me dirigí a la salida y evidentemente la mujer condujo al perro hacía mi, que ni fumo, ni bebo, ni me gusta el fútbol. Me paré para que trabajase a gusto mientras daba dos vueltas a mi alrededor. En la segunda vuelta acaricié la oreja del perro y la mujer lo apartó y se fueron. Cuatro pasos más y estaba delante del hombre pidiéndome que abriera la maleta.

Tengo la buena o mala costumbre de ir siempre al control que no hay nadie, no me gusta pararme detrás de alguien como el que no quiere que le inspeccionen el equipaje. Supongo que tengo bastante asumido que mi maleta la abren sí o sí. Me preguntó de dónde venía, si llevaba algo que me hubiera encargado algún japonés y si llevaba algún producto no permitido. No contento con mis respuestas negativas, me pidió muy educadamente que abriese la maleta. Reconozco que después le chuleé un poco de la forma más educada posible. Le dije “por supuesto, cada vez que paso por aquí me hacéis abrir la maleta o me metéis en aquella habitación” mientras le señalaba el cuartelillo. Apartó dos mochilas pequeñas que llevaba dentro de la maleta y me preguntó que eran unos paquetes grandes forrados de papel. “Turrón, mire, un dulce español” y rompí el papel para que lo viera. Preguntó y preguntó si llevaba más cosas y le dije que sí “una caja de pasas, dos paquetes pequeños de pistachos y dos de piñones“. Le pregunté por qué me abrían la maleta siempre mientras dejaban pasar a otras personas en los controles de al lado. Lo volví a preguntar pero el cabrón enfundado en una máscara y guantes blancos estaba demasiado ocupado rebuscando entre mis calzoncillos como para responder. Se hizo el sordo. Sin éxito, tomo el camino más rápido y me preguntó directamente si llevaba salchichas o jamón. Con tono chulesco por vivir siempre la misma escena, le respondí “cada vez que paso por aquí, tú u otra persona me hacéis abrir la maleta y me lo miráis todo, no llevo nada“. Buscó un poco más y como no encontró lo que buscaba, me dejó pasar.
Volvía a estar dentro con cuatro longanizas y varios paquetes de jamón. Me revolvió la maleta varias veces y los tuvo en sus manos más de una vez, pero sabía donde lo tenía que poner para que no se diese cuenta de que lo tenía en la mano. Experiencias adquiridas…